
Crear un altar a la vida. Esta práctica es amorosa, reunirnos en círculo, observar el entorno, elegir un centro, colocar en ese lugar lo que nos haga sentido en relación a los cuatro elementos del planeta: agua, aire, tierra y fuego.
Al hacer esto dibujamos conexiones neuronales de la existencia, reafirmamos como se tejen los elementos, la vida que disfrutar en conjunto. Con esta práctica nos sensibilizamos sobre la complejidad de nuestros cuerpos y la plenitud con la que se manifiestan los elementos en pequeñas, grandes o medianas cantidades; algo tan relativo y diverso que nos permite reflexionar la amabilidad de la naturaleza para darnos colores, formas, sabores y texturas.
Apreciar los elementos de la vida es un manjar para las pupilas, principalmente porque se compone de diversidad. Misma que caracteriza los procesos de gestión comunitaria en espacios rurales y periurbanos. Algunas veces resulta tan familiar considerar a la tierra como un elemento básico de la vida, en otros se nota total desapego, indiferencia y desconocimiento de lo que implica vivir en conexión con ella. Sin embargo existe la inquietud de integrar los saberes al cuerpo, por medio del acercamiento a la herbolaria, la producción de hortalizas y el reciclado de residuos a partir de lombricomposta o composta.
Parece un mural mágico, un mural vivo de elementos de la naturaleza, una expresión mandálica que se compone de ramas secas, piñas o semillas, otros días en los que las flores abundan y el fuego se hace presente en cirios o velas, unos más se ve habitado por plantas, hojas medicinales, colores de papel y buenos pensamientos.
Todo esto surge de la inspiración, la armonía, la conexión con el entorno y el acercamiento para observar a nuestro cuerpo como un medio para comunicar la composición de la vida. Estar, observar, sentir el centro del ritual es un acto psicomágico que invita a reconocernos en un espiral que camina con el tiempo y que nos permite aceptar que siempre varían los elementos en forma, tamaño, textura, color y sabor porque esto depende de las estaciones, del esfuerzo de la tierra en brotar y compartir su generosa vida.
En ese momento de contacto con el centro y los elementos se acrecientan las esperanzas de caminar juntas, reconocernos y sabemos creadoras de mandalas comunitarios que encauzan la vida, el sueño por un territorio libre y una germinación de la autonomía, la autogestión y la comida saludable. Más libertad de expresión para más altares a la vida.